Reflexion sobre emigrar

Sentir dolor emocional hace que nos hundamos en un interminable devenir. Quizá si pudiéramos conocer los orígenes de este sabríamos como poner remedio para que no duela tanto. La soledad, el aislamiento personal o el impuesto hace que perdamos la visión clara del futuro. Las decisiones importantes de nuestra vida también producen, a veces, esa sensación, pero son inevitables de afrontar.

Un día se presentó en mi camino algo así. Buscar mi futuro fuera de mi país, de la tierra en que nací y crecí, la que me educó, me dio felicidad y tristezas, sonrisas, lágrimas.

No fue una decisión fácil, pero la tuve que asumir. Luego de muchos años de la partida esa sensación de dolor sigue ahí.

Son muchos y diversos los motivos que precipitaron los hechos. Quizá si preguntara a las personas en mi misma situación encontraríamos puntos en común, otros muchos no. Aunque estoy convencida que la constante sería ese sentimiento de pérdida, de dolor que uno lleva dentro.

A veces es solo una molestia, en otro momento es como tener clavado algo que traspasa todo y que en menor o mayor medida nunca superaremos. Nunca, aunque a veces duela menos al sonreír con algo o con alguien.

Uno tiene sus costumbres, su cultura, su modo de vida, en definitiva, su ganada estabilidad. De repente sin proponérselo quizás realmente y por mil razones posibles deja esa creída seguridad, mete todo lo que considera importante y llevable en una maleta, embarcándose con su poco equipaje físico, pero enorme emocional, en la oportunidad que toca a su puerta de una nueva vida, sin pensar muy bien lo que hace, más bien guiado por el corazón.

Esto plantea dos posibilidades al encarar esa nueva etapa.

Trasladar nuestro entorno original, implantándolo sin tener en cuenta que el ambiente que ahora nos rodea es distinto, llegándose inmediatamente a la falta de integración, en definitiva, a la sensación de desarraigo. En Galicia utilizan la palabra morriña, en Brasil saudades, pero al final es lo mismo, la añoranza por lo que no se tiene cerca, por lo que se dejó en este caso.

La otra opción, para mí la más práctica pero no por eso la más fácil, tratar de adaptarnos, de aprender la parte buena de lo que nos brinda la nueva situación, mezclarla con lo bueno de la anterior y de esa unión sacar a su vez lo mejor.

Esta actitud conlleva usar mucha energía y predisposición, pues todo nuestro equipaje emocional, nuestros códigos, nuestras costumbres, hasta nuestra manera de hablar se deben adaptar a lo nuevo y más veces de las que uno querría, no se comprende.

Podría ser divertido para alguien que en una reunión se cuente un chiste y uno no se ría. Pero simplemente no lo hacemos porque no lo comprendimos. Lo más sencillo y para salir de la situación embarazosa que se presenta, sería reírse y listo, aunque yo prefiero preguntar qué significa y no ser un pelín hipócrita. Bueno y así con todo.

Es difícil la adaptación. Uno pone toda la voluntad de por medio. Con el tiempo descubres que nunca es suficiente. Los cambios a veces gustan, otras no. En nuestra vida se suceden unos tras otros y casi ni nos damos cuenta. Por ejemplo, puede pasar inadvertido si cambiamos de marca de café, pero seguro no lo será tanto si lo hacemos de casa, amigos, país, hasta de continente.

Los que nos enfrascamos en este tipo de revoluciones personales, ya sea consciente o inconscientemente, estamos en una situación difícil, verdaderamente difícil.

No solo por la actitud que apliquemos en nuestro nuevo entorno, sino por la actitud de la gente que conocemos al llegar y por los afectos que dejamos al partir, muchas veces he tenido un sueño recurrente. Me encontraba en el océano, sobre una barca, inestable y rudimentaria. Cualquiera hubiera dicho que la imagen era robada de una historieta de aventuras en el mar. Allí iba yo. Algunas veces, estaba sola en una calma chicha, sin nada sobre el horizonte, ni adelante ni atrás, solo flotando sin rumbo fijo. Otras, en medio de una tormenta, donde las olas me levantaban y bajaban sin cesar. Por supuesto la balsa hacia agua y por todos los medios trataba de tenerla a flote. Otras, estaba rodeada de tiburones que me acechaban a todas horas. Así día tras día, el sueño se repetía con distintas variables, siempre era el mismo.

No me costó bastante darme cuenta de que la balsa era yo, y mi lucha con mi entorno.

El flotar sin rumbo fijo, se siente. El no saber para qué lado correr también. Es como la primera vez que uno viaja solo a una ciudad desconocida, sale del hotel sin saber muy bien para donde ir y debe vencer el pensamiento, ¿dónde me metí aquí solo? Si miramos para atrás encontramos sentimientos mezclados con sensación de abandono nuestro por parte de los que se quedaron y de pérdida por parte de los que nos fuimos. Si miramos para delante esos sentimientos se mezclan con sensación de invasión o desconfianza por parte de los que nos reciben. A todo eso le debemos sumar, por parte nuestra, el miedo hacia lo que nos espera. No, no es fácil.

La gente que dejamos atrás siempre estará con nosotros, donde vallamos, pero duele tenerlos lejos.

Seguro que el reencuentro será más doloroso aún. Pues la experiencia nos habrá cambiado, no seremos los mismos, ni nosotros ni ellos. Si también tenemos la desgracia, de no estar cerca en un momento doloroso como la pérdida de alguien querido y cercano, siempre nos quedará la rabia de no haber podido plegar el mundo para poder saltar del otro lado abrazando y llorando, en tiempo real, esa pérdida con todos allí. Para poder decirles que los queremos y que no sea solo a través de un cable, con el retorno de la voz, donde escuchamos nosotros el eco que regresa antes que les llegue a ellos, él te quiero.

Este viaje, me ha hecho ver que no todas las personas reaccionan de manera similar. Eso quizá sea obvio, pero cuando uno está lejos de su entorno original, la perspectiva cambia notablemente. Ya no estamos ahí para dar una mano en cualquier momento. Es evidente que los afectos se deben transformar y cambiar adaptándose a la nueva situación, pero no por eso son mejores o peores.

Eso sí, los que no eran verdaderos sean de quien sean, van a evaporarse pronto pues ya como no nos tienen cerca, simplemente para ellos hemos desaparecido del mundo. Nos daremos cuenta de que, salvo la familia, los verdaderos amigos quizá no los podamos contar ni con los dedos de una mano. Nuestra soledad se incrementa más y más. Los afectos que nos reciben tampoco son constantes en sus comportamientos. Algunos no tienen problemas, nos acogen sin inconvenientes, aunque con algunas reservas que está en nosotros demostrar que se equivocan, pero creo son normales. No nos conocen, no saben quiénes somos, de dónde venimos, solo lo que les contamos. Pero el tiempo, la actitud y veracidad nuestra en todo lo que hagamos y digamos les mostrará cómo somos. Si congeniamos nos aceptarán echándolo siempre una mano amiga. Con ellos nos sentiremos como en casa.

Pero también están los otros, los que tienen miedo a lo que no es como ellos.

Atacan con palabras descalificadoras como queriendo demostrar que no les llegamos ni a la suela de sus zapatos con nuestra cultura. En estos, su exitismo es tal, que no puede haber nada mejor que ellos en este mundo, no vaya a ser que de repente les hagamos pensar que algo en su vida no es perfecto.

Al final y lamentablemente este tipo de gente existe en todo el planeta. Gente mezquina con sus emociones y sentimientos que juzgan a todos, extranjeros y locales, sin siquiera darles la oportunidad de mostrar como son, solo por lo que creen que son, por de donde vienen, tienen o dejan de tener, por su color de piel o su manera de hablar.

Estos individuos, a los que no nos conviene conocer es a nosotros, los que llegamos. Pero a veces, la soledad que sentimos en nuestros primeros tiempos en lo desconocido hace que cometamos el error de estar con gente como esta muchas veces, sabiendo como son o mejor dicho soportando como son, simplemente por no estar solos.

Escucharemos reiteradamente, que no sabemos alimentarnos, que no sabemos vestirnos, que no sabemos de música, que no sabemos de literatura, etc. Simplemente no sabemos nada de nada. Creo que más de uno, debe pensar que venimos de otra esfera de tiempo y espacio distinta a la de ellos, eso sí vacía de valores como los que ellos predican. Juntarnos con ellos solo por no estar solos, es un error que tarde o temprano pagaremos de algún modo.

No me considero una experta en conocimiento humano, pero puedo decir que en este tiempo me he topado con todos los sentimientos conocidos, el amor, la envidia, la indiferencia, la ayuda, todos sin excepción. Buenos y malos se mezclan para hacer un cóctel que sacude nuestros días y noches, embriagándose con dulzura o amarguras, con cosas positivas y negativas, con una dualidad que nos acompañará siempre, porque nos guste o no, nosotros mismos somos dos personas que quieren ser una. Nosotros somos a fuerza de golpes, o mejor dicho seremos la unión de dos culturas, de dos mundos. Mientras no aceptemos claramente de dónde venimos y hacia dónde queremos ir, nunca seremos nosotros mismos.

Los cambios extremos como el mío, movilizan la estructura interna de la que los sufre. Ahora después de muchos años, puedo ver con más claridad las cosas. Luego de la euforia de la novedad, mente y corazón se estabiliza y comienza a rondar en la cabeza la pregunta. ¿Valió la pena?

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