El encantador vaivén de la decadencia

Decía el tango “el paso del tiempo marcaron mi sien”. Ese tiempo que es inevitable e implacable con todos y con todo. Porque no lo es solo con el ser humano sino con sus ciudades.

Buenos Aires es un claro ejemplo.

Yo no vivo en esta ciudad desde hace 20 años, pero vuelvo a ella por temas familiares, si todo va bien, año si, año no. Así que como ese que escribió el tango, donde “20 años no son nada”, al volver veo la ciudad cada vez distinta. Leyendo sobre esta ciudad hace mucho tiempo, un filósofo decía, “yo aprendí a querer a Buenos Aires cuando no vivía en ella y solo la visitaba de vez en cuando.” A mí me ha pasado lo mismo. No viviendo en ella, la he aprendido a querer. Qué bonita ciudad es, por Dios. Y ahora más.

Para empezar, las plazas y sus árboles centenarios, que están verdes y vivos, dando envidia a todas las capitales europeas. Porque ni se pueden comparar. Impresiona ver cómo han crecido estos 20 años los ficus, que se han plantado en las aceras porque no dan alergia a la gente. Yo tengo un ficus en mi casa, pero nada que ver. Dale libertad a sus raíces y crecerá, eso si rompiendo aceras, hasta el equivalente a tres o cuatro pisos de algún edificio cercano.

Estos 20 años que no vivo en ella, he visto de todo. El explendor de la era Menen, ficticio posiblemente, donde un helado en Fredo te salía 6 dólares americanos, que era una pasta hasta para alguien que venía de Europa. Porque un peso era un dólar. La ciudad parecía un bazar persa, de tiendas de cueros. Pero no había muchos turistas, todo era para los locales.

Luego la siguiente época, luego del corralito. El shock a la realidad, de vivir sobre tus posibilidades y que el sistema se quedar con tus ahorros. La decadencia personificada. La ciudad sucia, con cartoneros revolviendo la basura, posiblemente buscando algo que llevarse a la boca. Hasta los árboles eran pequeños, y sucio.
Hace dos años, más de lo mismo, pero viendo la no intención de remediarlo.
Ahora hay un gobierno de la ciudad que tengo que reconocer que la está dando vuelta. La veo más limpia, más verde, más tranquila. Aunque a diferencia de las capitales europeas, donde se fomenta los centros históricos. Aquí, ese centro que no era histórico sino señorial, ahora es el decadente. Posiblemente porque ha representado el teatro de 20 años de mentiras del sistema. Queriendo ser lo que no se era, perdiendo la dignidad del haber sido.

Es increíble darte cuenta, que esos lugares que tu hace 20 años, valorabas por su prestigio, ahora no lo son tan. Pero gracias a Dios, la ciudad son como un ser vivo. Se mueven, transforman, cambian a la misma velocidad que la gente que las viven. Buenos Aires no va a ser menos. Se está moviendo para el norte. Se está dando vuelta sobre sí misma. Y eso me gusta, porque va a cambiar la forma de ver la ciudad de los que viven aquí.

Para terminar, como empecé, con la letra de un tango, “Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste? Salís de tu casa, por Arenales. Lo de siempre: en la calle y en vos. . . Cuando, de repente, de atrás de un árbol, me aparezco yo. Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus: medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies, y una banderita de taxi libre levantada en cada mano. ¡Te reís!… Pero sólo vos me ves: porque los maniquíes me guiñan; los semáforos me dan tres luces celestes, y las naranjas del frutero de la esquina me tiran azahares. ¡Vení!, que así, medio bailando y medio volando, me saco el melón para saludarte, te regalo una banderita, y te digo..”

Algo piantada también estoy… porque Buenos Aires tiene ese no se que…

pd: che pedrin, las raquetas de nieve para otro año…

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