Esta semana se conmemora el día del Arquitecto y de la arquitectura. Y he estado pensando porque soy arquitecto.

Primero recordaba que cuando vine a vivir a España, mi título decía “arquitecta”, en femenino. Pero aquí no existía y no sé si ahora, el título en femenino. Me divertía decir “soy un arquitecto”, como formalidad.

Como ya tengo muchos años en esto, (no diré cuantos, porque una señora no lo hace) al comenzar a trabajar en Madrid, el trabajo del arquitecto estaba pautado por baremos obligatorios, a un tipo de trabajo, un costo.

Esto llamó mucho mi atención también, porque al cliente le daba lo mismo a quien contrataba, pagaría igual por el trabajo encargado a uno u otro. El arquitecto no importaba si era bueno o malo en su profesión, solo si era un buen comercial para atraer clientes a su estudio. Esto me llevó a conocer “arquitectos malísimos“, y estaban llenos de trabajo. En algún momento eso se liberalizó, y empezó la competencia. Menos mal.

Pero estos son solo recuerdos o anécdotas.  En realidad ¿sé porque soy arquitecto?

Estudié arquitectura porque mi madre no me dejaba hacer bellas artes. Para que se callara, me decante en esta carrera. En una familia de números, la pequeña le sale arquitecto. Lo vieron bastante alocado.

Carrera, en esa época, casi en su totalidad “masculina”. A las mujeres se las conocía por ser arquitectas  pero “la mujer de…“, quizás otro arquitecto. Sino pasaban totalmente desapercibidas.

Muchos en mi familia pensaron que en mi primer año, me casaría y dejaría la carrera. “Hombres de poca fé.”

Pero ¿fue vocación o pataleta? En realidad no tengo ni idea. Qué es tener vocación, quizás debería ser esa la pregunta.

Me ha venido bien, porque me ha servido de medio de vida, pero ¿me gusta?

Más que gustarme me divierte y mucho. Aún hoy. Creo que por eso me ha resultado bastante fácil hacer la carrera en los reglamentarios seis años que duraba en mi época, y trabajar por 36 años en este campo. Porque siempre me ha divertido mucho ser arquitecto, pensar una casa, o una reforma, elegir las cosas, diseñar espacios. Trastear con papeles de calco, con el lápiz gordo. Porque como estudié con “rotring”, lo mio es el mano alzada.

Me divierte mucho, me entretiene. ¿Eso es vocación? Posiblemente es un buen motivo, no se si calificarlo vocación. Pero un excelente motivo, si.

Me gusta ver proyectos y arquitectura, pero no tengo la neura de varios colegas de mi generación que están todo el día hablando de arquitectura, leen sobre arquitectura, y se levantan,  se acuestan pensando arquitectura.

Me gusta la arquitectura, porque la disfruto y me da gusto hacerla, pensarla. Es como ir a ver una exposición de pintura. Cuando salgo de una que  me gusto, tengo ganas de volver a ponerme a pintar. Cuando hago arquitectura, o veo buena arquitectura, (porque creo que diseñar es un oficio, por eso digo “hago”), me dan ganas de hacer más.

Al final me he dedicado a un campo “multidisciplinar”, porque llevar una obra es ser arquitecto, constructor, ingeniero, y algo de psicólogo resolviendo “problemas personales de los gremios”, pues siempre te cuentan sus “dramas”. Al ser mujer, se abren más. 

Lo que sé, es que nunca es aburrido. Me divierte también, ver cómo otros colegas resuelven sus espacios, forma y colores. Los años me han desarrollado un ojo bastante crítico para ver lo bueno y lo malo de un proyecto. No le tengo que dar muchas vueltas, aparece a la primera. 

Es como las reformas o el asesoramiento técnico, de mi campo actual de trabajo. En cuanto entro a la vivienda, ya sé lo que haría, lo que cambiaría, lo que va a funcionar o no. 

Unos lo llamarán “oficio”. Yo lo llamo “experiencia”.  Aunque lo bonito sería definirme como que he desarrollado un “oficio”, el de “arquitecto”, con ganas, diversión y algo de profesionalidad. 

Eso sí, cuando salí de la facultad, siempre decía “iré a la obra en un Porsche descapotable“. Pero no, voy en un citroen C3 de la gama estándar.