Besos robados

Como esta semana es San Valentín, y hay mucho amor en el aire, pero no mucho en mi vida, nos hemos puesto tiernecitos para ver si lo atraemos. Y encontré algo parecido, al amor. Es una anécdota que recuerdo siempre,

Escuchando un programa de rádio, donde todos los días se le propone a la gente que hable de un tema, como era San Valentín, le proponen que hablen de los besos. Y recordé…

Recordé lo mal que lo pase, sobre todo por vergüenza (tenía 17 y era otra época) cuando un “admirador secreto” porque hasta ese momento solo éramos compañeros de curso para entrar a la facultad, subió detrás mió en un colectivo con una rosa. Cuando me instalé en la mitad del autobús, veo que viene detrás. Me pareció raro porque él vivía en dirección contraria a la mía, pero recuerdo que no le di mayor importancia. Se acerca, me da la rosa, me roba un beso, me sonreí y me dice “para ti”. Yo recuerdo que me quedé paralizada sin saber qué hacer. El conductor que le gritaba porque no había pagado el billete, la gente sonriendo alrededor mío por el gesto, yo de piedra sin poder moverme de la sorpresa. Veo a este “admirador” que se acerca al conductor, le dice que se equivocó de línea y se baja en el semáforo casi con el colectivo aún en marcha. Yo me sentía aturdida, y recuerdo la vergüenza que pase.

(suspiro)

Hay que bonito es el amor!!!! Decía alguien. Solo tengo que agregar que si bien este recuerdo es real y muy romántico, la realidad de la vida es que al susodicho le tengo en mente por esto casi exclusivamente y porque luego cuando le conocí más, cada vez que íbamos a comer pizza pedía mayonesa para ponerle. Menuda guarrada. Mayonesa a la pizza caliente con mozzarella. Todo el romanticismo a la merde.

Eso es el amor… muy romántico hasta que colisiona con la realidad.

Pero mi pregunta es… ¿a ti te robaron un beso alguna vez? Cuenta, cuenta… Y feliz San Valentín para los que lo festejan.

Un comentario sobre “Besos robados

  1. Yo no puedo contar nada de besos robados, pero sí me ocurrió algo parecido a tu anécdota del autobús.

    Había quedado con un compañero de la facultad que me había pedido que le ayudara a hacer unas prácticas de Geografía. Lo esperaba en la esquina de una plaza que hay junto a mi casa, llega con su carpeta y sus cuadernos y de pronto se baja la cremallera de la cazadora, saca una rosa que llevaba escondida. Era el día de San Valentín, obviamente. Yo crei que me moría de vergüenza, allí, en la calle más concurrida de Cádiz.

    Reaccioné de muy mala manera, pues me molestón mucho aquella encerrona, aquella excusa de ayudarle cuando no lo necesitaba y sólo quiso engañarme para quedar conmigo. Así que ni siquiera llegué a tocar la rosa. Le dije que no me gustaban las flores cortadas y que las rosas rojas, concretamente, me parecían catetas y ordinarias. Y allí lo dejé plantado.

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